viernes, 7 de enero de 2011

17º SUSURRO POÉTICO

Nota aclaratoria: En 2009, el entrañable y generoso conquense Pepe Pontones, edito un libro titulado 115, que es todo un canto de amor a Cuenca, sus tierras y sus gentes. En él, gentes de diversa índole, desde ilustres hasta desconocidos, como un servidor, escribimos algo relacionado con Cuenca, desde poesía, pasando por prosa, cuentos, canciones, ensayos y cualquier tipo de literatura.
Mi aportación al jugoso libro de Pepe fueron estos tres poemas:


CUENCA BLUES I

Hoy me arropa la noche de Cuenca.

Me oscurece la piedra mientras me abrocho la pelliza,
subo la cuesta observando como al agua se inclina mi eje.

La hiedra se enraiza en mi vaho cuando voy subiendo,
acompañando mis latidos ese ulular de chopos en la lejanía.

Me siento observado, allá en el cerro, por el sempiterno centinela,
al que los intermitentes claros de luna le poder en la noche.

Y embutido en caliente abrigo,
preso de esta fascinante verticalidad,
llego arriba del todo
para darme la vuelta y echar un vistazo.

Y ver como a Cuenca le arropa la noche,
la noche, la piedra y los recuerdos.


CUENCA BLUES II

En algún oscuro recodo de la subida a la plaza,
en alguna vieja escalinata de adoquín,
en algún bello mirador de piedra y hiedra,
en alguna de las tantas y bellas cuestas.

Debe de andar, barbudo y anémico,
lunático y errabundo,
nuestro antaño amor y hoy recuerdo.

Fueron días felices viviendo en la plaza.

¿Será entonces, años después cuando subo,
que estos borrachos bohemios de la plaza
sean todos viejos amores,
con sus cicatrices mal cerradas
y que disipan su momento bebiendo sin cesar?


CUENCA BLUES III

He buscado tu recuerdo en las esquinas,
en esas papeleras llenas de litronas,
en la fría rasca de la plaza,
en la calidez de los miradores estivales.

He buscado tu cuerpo en las barras de las tascas,
en el trenecito que lentamente sube cargado de turistas,
en los rascacielos en los que vivimos;
incluso baje a la ciudad llana y vulgar.

He buscado tus ojos abajo en los ríos,
entre todas las vertiginosas miradas a las hoces,
entre todos los suicidas del puente San Pablo,
entre todos los ebrios y lunáticos que pululan por los callejones.

Y a ellos les pregunte, certero de creer que en ellos está ese viejo amor,
y todos, con voz gangosa, me remitieron a otro sitio.

Tarde poco en llegar, ahí estaba el recuerdo.
No lo había visto hasta entonces o no había querido verlo.

En la verde y frondosa hiedra aprisionando la piedra,
la piedra, la noche y los recuerdos.

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