domingo, 9 de enero de 2022

MONTAÑA LENTA Y SOLITARIA


Este año por navidad  no he elaborado ninguna entrada conmemorativa ni recopilatoria. Y eso es así, porque con el blog últimamente hago un poco lo que me apetece en el momento, sabedor que cada vez somos menos los últimos -permítanme llamarnos anacrónicamente románticos-  que seguimos este tipo de páginas bitácoras de rutas y viajes, donde fotografía y texto se entremezclan para intentar otorgar un rato de entretenimiento a quien esté dispuesto a mirarlo, entendiendo que somos gente con los mismos gustos e inquietudes. El desaforado culto exclusivo y facilón a la imagen, más que pasando el dedo hacia arriba, la cada vez más minoritaria presencia de la escritura y la lectura, y la fácil inmediatez de herramientas y paginas como wikiloc y redes sociales hace que los blogs de senderismo estén de un tiempo a esta parte de capa caída.

Pero eso no quita, que me encuentre en un buen momento en relación con los blogs. Lo tengo como un rincón mío, donde coincido con otros amigos y conocidos con los mismos gustos por la naturaleza, y donde tanto en mis entradas como en las de otros blogs, el rato de disfrute y entretenimiento es muy alto.

Pero dejemos estos temas de los que ya hemos hablando en otras ocasiones y vamos con la la entrada de hoy. Con este extraño título de cabecera, voy a hablar de lo que se conoce en estos días globales como Slow Mountain, aunque hay más nombres como puede ser baño de bosque, monterapia y alguno más. En otras palabras más preclaras: relajación y disfrute de la (y en la) Naturaleza. Si por ejemplo, a mi padre cuando en los años 60/ 70 u 80 del siglo pasado, cuando ya recorría ríos, trochas y barrancos como hago yo, le hablas de Slow Mountain o Monterapia, pues me habría mirado con cara de absoluta extrañeza, pero básicamente, en el monte hacemos lo mismo y sentimos parecido.

Obviando cuestiones elementales y hasta lógicas de lo bien que nos hace sentir el hecho de recorrer y conocer parajes naturales, en mi propio caso he llegado a un punto de disfrute especial conmigo mismo que eso es lo que os quiero contar en esta entrada. Hacer antes algunas aclaraciones pertinentes, como que la Montaña Lenta no significa tener que ir despacio por el campo; cada uno va a su ritmo físico que mejor le conviene. La cuestión es saber mirar a la naturaleza mientras se anda y encontrar visiones, ambientes, sensaciones y momentos que antes se nos escapaban y ahora los apreciamos y en muchos casos, los sentimos como emociones variadas. Ya hable de todo esto de manera más generalista en esta entrada de hace unos años, donde describo y muestro mi manera de ver la naturaleza. Ver Aquí

En esta entrada quiero tratar un aspecto del Slow Mountain, que si por una parte, para mi, es el más puro de  todos, si es verdad, que es el más incomprendido y denostado. Trata de la cuestión de salir al monte solo. Más allá de consideraciones obvias, cada uno a la hora de salir al campo sale como más seguro se sienta y como más le guste, solo, con otro, en grupos pequeños o en grupos grandes. Si es cierto que en mi caso, la energía que me fluye con esta terapia montaraz que es el contacto con la naturaleza la consigo más veces cuando voy en soledad con mi cámara de fotos. Lo mal visto que está la opción de salir solo es otra consideración bastante lógica; si sufres un percance, siempre es mejor que haya otra persona por lo menos para que te ayude o pida ayuda si es necesario. Aquí entran en juego muchas apreciaciones, como la preparación, seguridad y experiencia de uno, la época que sales al monte, la ruta que hayas elegido, si la sierra de alta, media o baja montaña, etc. En todo caso, muchas veces, uno no tiene o no encuentra gente con sus mismos gustos y debe salir solo para disfrutar de lo que mas le gusta.



Una frase muy socorrida, que yo mismo he dicho alguna vez cuando sales al monte con gente, es aquella de "La compañía es lo mejor". Siendo una verdad incontestable pues has disfrutado del campo rodeado de amigos, permítanme matizarla desde el punto de vista del Slow Mountain.

La compañía está muy bien, pero lo mejor para mí no es la compañía, sino la propia naturaleza, lo que te ha rodeado durante las 4 o 5 horas que has estado en marcha. Eso si que es lo mejor, eso es lo que hace el día especial y distinto. Luego en soledad o en grupo solo queda disfrutar de lo mejor. A nadie en sus cabales, cuando sale a cenar y luego de fiesta por la ciudad se le ocurre salir solo; sale con amigos, ya que ahí, sin duda alguna, la compañía sí es lo mejor. 

Cuando uno va, por ejemplo a clases de Yoga, realmente tiene que importarte poco quien vaya. Lo importante es el profesor/a que imparte y tú mismo asimilando la clase. Ahí tampoco la compañía es lo mejor. Eso considero yo que es salir al monte solo practicando slow mountain: clase de Yoga en la que la naturaleza es la profesora que imparte la terapia.

Es posible que alguien piense que el que suscribe estas líneas es una persona misántropa y solitaria, que rehuye el contacto social. Algo tiene que ver mi problema de audición, que hace que estos tiempos de mascarillas y poca empatía, me recluya aún más en mi mismo, pero no, no me considero un solitario y siempre he sido así, y los que me conocéis, sabéis que disfruto también de una buena ruta campera con unos cuantos amigos (eso sí, con un grupo multitudinario no puedo, lo siento, pero ahí si que no encuentro la clave wifi que me hace disfrutar). Y sí, después de hacer unas cuantas rutas en soledad, echo de menos la compañía, y necesito salir con alguien.

Entiendo que habrá gente que no entienda mucho mi postura, y los que si apreciáis salir algunas veces solos, la comprenderéis más, pero bueno, al fin y al cabo, todo trata sencillamente de disfrutar del día en la naturaleza con cuidado y respeto, sea solo con tus pensamientos o con otras personas.

Os voy a intentar relatar un momento slow mountain -uno de tantos- que me sucedió no hace mucho por el Cerviñuelo (aviso que las fotos están hechas con el móvil, ya que se me olvidó la cámara):

Estaba caminando cerca de los bordes del valle del río Escabas, en la zona que se considera el Bajo Cerviñuelo. Estos bordes del valle fluvial están rasgados de barrancos que entran perpendiculares, y me encontraba yo bajando y subiendo estos barrancos que aún no eran muy profundos, cuando comprobé en el mapa, que el siguiente barranco era lo que se considera una Hoya, es decir, un barranco de forma circular, que luego se estrecha para salir ya al valle del río Escabas. Como comprobé en el mapa, dentro se encontraba el Manantial del Peralejo, y eso fue acicate suficiente para bajar por las laderas y perder esos 100 metros de desnivel que tendrá el fondo de la Hoya respecto del collado donde yo me encuentro.

Me dirijo hacia el colladete. Al otro lado de ese cerro de pinos está el valle del río Escabas, y a la izquierda de la foto......


Se aprecia la Hoya del Peralejo. Por ahora, bajaré por esta ladera, sabiendo que cuando llegue a la línea de pinos, el boj se volverá más denso.


Intuía claramente que la Hoya esa, al igual que casi toda la serranía, estaría asalvajada, y más todavía, al ver que suelen ser sitios muy humedos con microclimas y vegetación desaforada y exuberante, pero lo del Manantial tiraba de mí con fuerza. Una vez en la ladera más densa. fui aprovechando especies de pasillos que las torrenteras habían hecho entre el frondoso bujedal. Según bajaba, la luz iba menguando, debido a lo cerrado que se iba volviendo tanto el arbolado, como el sotobosque.


          Tras sortear los bujes, llego al fondo de la Hoya, donde un magnífico pinar me recibe.

Es curioso porque arriba de la Hoya (más altitud) el pino predominante es el pino laricio o negral, y aquí en el fondo de la Hoya es el pino albar o silvestre.

Compruebo que paisaje está más caótico con mucho pino tumbado o arrancado, producto de nevadas pasadas o lluvias torrenciales.

Para completar el cuadro, me doy cuenta que esta todo muy encharcado, creándose pequeñas corrientes viniendo de todas direcciones hacia el fondo de la Hoya.

    En este cenagal también aparece los boj para ocultarte más aún el terreno, y ese posible manantial del Peralejo, del que no vi nada, ni tampoco era el lugar idóneo para buscarlo.



A mí mismo hace unos años o cualquiera otra persona le podría entrar algo de agobio pensando en cómo salir de allí. Es lo primero que viene a la cabeza, salir de allí indemne y sin muchos agobios, arañazos, el agua entrando por encima del calzado, sudando la gota gorda. En definitiva, salir a campo abierto y no estar allí mucho, ya que sube la posibilidad de sufrir un percance. Pero en esta ocasión, me serví del paraje para disfrutarlo. Deje la prisa (iba perfecto de tiempo) y el posible estress de estar allí dentro para admirar la naturaleza tan pura y virginal que se había creado en el fondo de esa Hoya, donde los rayos del sol entraban a trozos, en modo persiana, creando un ambiente y una neblina atigrada, producto de la humedad del lugar, sumado a las horas tempranas de la mañana.


Los fragmentados rayos del sol llegan aquí, despidiendo unos pequeños destellos anaranjados al contacto con la corteza del pino silvestre.

                      Mirando la bóveda celeste arbórea tres árboles desentonan en este pinar.


Tres solitarios y robustos chopos no pueden dejar pasar la oportunidad de medrar en estos suelos tan virginales.

     De reojo unos brillos captan mi atención, es un solitario Acebo que ha salido allí dentro.

                  Seis o siete enormes pinos llevo saltados, pero lejos de resoplar exasperado..

        Me deleito con la observación de todo este caótico y sencillo espectáculo de la naturaleza.


Voy saliendo del profuso fondo, mientras me encuentro torrenteras que en época lluviosa deben llevar agua por todos los lados.


La otra ladera de la Hoya está más clara, por lo que me acerco a ver el arroyo de la Hoya del Peralejo.

Parece que se intuye un paso inesperado en donde el arroyo de la Hoya se estrecha para salir al valle del Escabas.

¡Anda! ¿Y esto? Me acabo de encontrar un desconocido camino pasa bajar y subir del valle del río Escabas.

Entre los pinos de más allá, me sale un enorme moai de caliza. Lástima que el arbolado no deje apreciar su forma y tamaño.


Dejo el camino para ver las aguas del arroyo, mientras el musgo de este rincón se vuelve escandaloso.

                          El arroyo va perdiendo metros mediante multitud de saltos de agua.

                   Vuelvo al camino que se ve en unas condiciones bastante buenas todavía.


Obviamente, me entran ganas de seguir el camino hasta abajo, por ver si continua en buen estado y a donde llega, para en futuro trazar una ruta aprovechando esta a priori cómoda vía, que en el mapa actual no viene pero en los históricos si. Después de haber estado todo el día andando, no me apetece bajar y luego volver a subirme esos 200 metros de desnivel que hay desde donde estoy hasta el río, por lo que lo dejo para una futura exploración, teniendo como tengo la cabeza ya en el bar de las Majadas.

Por lo que salgo de la Hoya cómodamente por el otro lado, que está algo menos despejado de boj, y sobre todo, queda la traza del viejo camino que bajaba por ese lado. Una vez arriba, me asomo a unos bordes del valle fluvial del río Escabas.

El Valle del río Escabas se muestra en plenitud con esos 550/600 metros de desnivel de la parte alta a por donde va el río.

El zoom de los móviles es muy malo, pero en la roca de la izquierda se aprecian dos buitres tomando el sol

Mientras atravesaba el Cerviñuelo, camino a casa, me tope con esta bonita lagunilla natural, a modo de navajo, producto de las últimas lluvias acaecidas.



Si la anterior entrada de hace unos pocos años me la provocó la lectura de libro CamiNaturando del conquense Jaime Rodríguez Laguía, esta ha sido sugerida por la lectura del libro Monterapia del vasco Juanjo Garbizu. Y si en la 1ª puse extractos del libro de Jaime, junto con algún poemilla mío, en esta no voy a poner extractos de libro de Garbizú, sino de mi propia cosecha. Escritos inspirados en todo esto que os cuento de la montaña lenta y cómo la naturaleza es la mejor terapeuta que uno se pueda encontrar. Solo hay que animarse, emprender la aventura y aprender a sentirla. 

Ahí va el primer escrito titulado " El Tilo Oreja":

Tengo diagnosticada una hipoacusia neurosensorial bilateral severa, es decir, estoy más sordo que una tapia. Es heredada de nacimiento y progresiva, por lo que estoy mucho más sordo hoy en día que hace veinte años. Utilizo dos audífonos con los que me medio defiendo en el día a día urbanita pero si es cierto que cuando salgo al monte no los llevo por si tengo algún percance con una rama o con el agua y daño dichos aparatos que, como es de imaginar, cuestan un riñón.

Dicha sordera gasta la característica de tener perdida totalmente la frecuencia de los agudos. Las voces de los niños no las oigo o las oigo muy bajo y no entiendo  lo que dicen, al igual que con gran parte del género femenino que suele tener voces muy agudas. Ya sé que alguno os diréis que lo de no oír las voces estridentes de los niños es una ventaja, y no os voy a decir que no, pero para el resto de asuntos es una faena muy gorda.

Si extrapolamos esto al monte, no sé cómo suena el canto de la mayor parte de los pájaros. Suena fuerte lo mío, dicho así a primeras, ¿no? Excepto el canto nocturno de búhos, cárabos y autillos que al ser más graves si los puedo captar, el canto del resto de aves, pájaros y pajarillos pasan desapercibidos para mí. Por no oír, no oigo ni las chicharras. Alguno puede pensar que alivio sentiré al no oír ni a los niños ni a las chicharras.

Qué gran desventaja la mía se dirán, y que fastidio gustar tanto de la naturaleza y no poder oír el sonido de los animales. Así es.  Pero en su lugar, esa misma naturaleza me ha enseñado a minimizar lo negativo, no recrearme en sus consecuencias fastidiosas, y aumentar lo que haya de positivo. Amplificar mis otros sentidos y sobre todo, potenciar a niveles estratosféricos el silencio. El silencio del monte.

Mi sordera ha hecho que escuche el silencio de una manera explosiva y exultante. Ninguno de vosotros, queridos lectores, podréis oír el silencio en la naturaleza como lo hago yo.  Oiréis los maravillosos cantos y ruidos de los pájaros y otros animales, pero el silencio descomunal no. Pienso que lo que me hace oír dicho silencio es la suma de todos los otros sentidos, donde veo, saboreo, huelo y siento el lugar y el ambiente, empapándome de él.

Mi silencio es tan absoluto, exclusivo y excluyente que todo el entorno natural donde sucede recobra una aureola de belleza que me llena los ojos, y esa orla verde y agreste me hace recrearme en esa quietud, en esa ausencia de ruidos, ese sosiego tan buscado. Sé que dentro de ese silencio, dentro de ese entorno natural, debe haber variedad ingente de ruidos. El abejorro libando la flor de los Tilos de la hoz, el pico picapinos apoyado en el árbol correspondiente,  el crujir de la hierba al paso de un roedor o de una gineta oculta algo más lejana. El canto del mirlo acuático en el cercano río Guadiela, el croar de algún sapo o quizás el chapoteo de una nutria.

Soy consciente de que todos esos sonidos están ahí, pero todo mi ser está imbuido por el silencio que desprende un lugar tan bello, donde el musgo alfombra el suelo alrededor de los Tilos silvestres que acaban de echar la dorada hoja. Helechos salpican todo a mi alrededor, mientras la copa arbolada de los tilos se mezclan con la de los avellanos, pinos, y robles proporcionando un cielo jade mucho mejor que estrellado.

En ese momento, allí mismo, me encuentro con una imagen que en cierta medida me reconforta y como muchas otras veces me hace dar las gracias interiormente a la Madre Tierra, y es un Tilo silvestre donde su tronco ha tomado la forma de una oreja, de un oído.

 A los árboles no les hace falta oír, todo lo sienten.

Como yo.


                                                                    Toni Virtudes Segarra.



Y aquí tienen el 2º escrito, titulado " El bar de pueblo":


La escena se repite constantemente. Estoy  delante de la barra de un bar de pueblo o en la terraza de dicho bar, siempre con un tercio fresquito de cerveza.  Parece que este comienzo puede ser una frívola apología de la cerveza, algo atípico e indigno para el contenido de este relato, pero no creo, esperen a leerlo entero.

Aunque el meollo de este escrito es el bar de un pueblo de la sierra, en si dicho bar es irrelevante. Puede ser el bar de la plaza de Carrascosa de la Sierra, un bar en Zafrilla o un bar en Talayuelas, incluso un bar en Peralejos de las Truchas (Guadalajara) o el bar de Griegos (Teruel). Lo importante es que la escena sucede multitud de ocasiones, es decir, todas las veces que salgo al monte.

Como la mayoría de las veces salgo solo de excursión voy a tratar esta escena así, como si fuera solo al monte y luego al bar. Lo digo porque se puede dar perfectamente acompañado de algún amigo o familiar pero no es lo usual.

Después de todo el santo día andando por el monte siempre me gusta terminar las rutas hidratándome en el bar del pueblo por el que he recorrido hoy sus montes. No es que sea un pequeño tributo al bar del pueblo que lo es, ayudando un poco a la economía local, ya sea consumiendo unas cervezas, quedándote a comer o a dormir en alguna pensión o casa rural, sino que lo considero algo más arraigado, por lo menos en mi caso.

Algunas veces charlo con el camarero/a pero la mayor de las veces estoy en una soledad íntima y muy gozosa. Huelga decir que siempre llego al bar exhausto y sediento, por lo que poder sentarme en el bar y recomponer mi sed con rica y fresca cerveza es muy placentero, aunque como digo todo esto conlleva algo que es más espiritual.

Mis rutas solitarias, o con la amiga Sole, como diría mi amigo senderista utielano Paco Domingo, son lo que se puede decir harina de otro costal. Las siete u ocho horas que estoy por el monte es tanta la desconexión con la realidad que se puede decir que estoy inmerso en otra época, incluso en otro país u otra latitud.

A modo de un explorador del siglo XIX  trazo las rutas por zonas y comarcas por las que apenas hay información. La despoblación es tan intensa en la sierra de Cuenca y aledañas que el olvido y el avance de la naturaleza está conformando todo como terrenos vírgenes. Es como una regresión al pasado más primigenio de la Tierra. Esto que digo tiene un poso de tristeza y amargura muy hondo pues todo ese saber aplicado a estas sierras se está perdiendo, cuando no ya extraviado por siempre.

En todo caso, no nos desviemos con asuntos de más rabiosa actualidad y a lo que quiero contar. En estas rutas mías terrenales o incluso fluviales hay tal variedad de momentos que yo lo considero una aventura en toda la regla. Tengo que vadear ríos fríos como demonios o rocosos arroyos sin pegarme el trastazo y caerme al agua, debo buscar y pasar por pasos angostos y por lugares peliagudos donde el vértigo entra en juego. Me voy encontrando ruinas que igual pueden ser restos celtíberos, medievales, de gancheros o eremitas. Debo encontrar las antiguas sendas que aún subsistan para poder avanzar, debo luchar con la vegetación más inextricable, debo estar siempre ojo avizor y tener planeado la excursión ante el riesgo de perderme, debo tener en cuenta los elementos meteorológicos constantemente. Son tantas variables que estoy completamente absorto y concentrado en la aventura.  Ante mí se despliegan tantas manifestaciones exultantes de la naturaleza, sea encontrándome diversa fauna salvaje o flora llamativa, sea precipicios al vacío de los muchos barrancos y hoces recorridas, sean cuevas o simas o sean rocas de formas caprichosas, que realmente no me entero del trascurso de las horas. Cuando vas solo a recorrer y explorar áreas de la serranía de las que no sabes nada, hay que estar con todos los sentidos alerta. ¡Ah, y decir siempre a alguien el sitio donde piensas pasar el día!

Todo esto hace que cuando ya llego al coche generalmente hecho una piltrafa, reventado pero muy satisfecho. Hinchado de naturaleza y sin haberme acordado de nada y de nadie durante esas muchas horas, debo regresar también a la realidad paulatinamente.

Me explico: después de esta montaraz jornada, en la que he estado asalvajado durante unas cuantas horas no puedo volver a la ciudad así tan de repente. No puedo salir de ese mundo natural y agreste y meterme al mundo urbanita y a las relaciones sociales tan derechamente, tan de forma brusca. Necesito una transición.

Y esa transición, aunque os parezca raro, me la proporciona el bar del pueblo, ese rato que me suelo tomar dos tercios de cerveza (más no, ya que aún debo conducir hasta casa). Necesito ese momento solitario en el bar del pueblo donde por lo general estaré yo solo, junto con el camarero, y a lo mejor algún que otro paisano viendo la televisión o dormitando en una mesa. Si es verano en la terraza si la hubiera, si es invierno junto a la estufa de leña o la chimenea.

Esa media hora en el bar de pueblo, donde rememoro la brutal y preciosa jornada montaraz y a la vez, ya voy pensando en asuntos mundanos y urbanitas, me prepara interiormente para volver a casa.

Viene a ser algo así como si después de paseo por el espacio exterior, y para regresar a la nave espacial, debes pasar antes por la cámara de descompresión.

La sierra es mi espacio exterior y el bar del pueblo es mi cámara de descompresión.


                                                        Toni Virtudes Segarra.



      Esto ha sido todo. Espero que tengan un buen año!! Hasta la próxima!