domingo, 3 de octubre de 2021

DE ZACARÍAS, SU LÍO AMOROSO Y EL MONASTERIO DEL CAMBRÓN


¡Qué poco le gustaba a Zacarías ser acuciado por la sed! más aún, cuando la canícula apretaba sin piedad sobre los montes conquenses. Solía llevar su rebaño a Fuente Albilla cuando tocaba regresar de los pinares de la muela en dirección a su pueblo, Buenache de la Sierra. Realmente toda esa comarca, lindando con la ciudad de Cuenca, de Valdecabras, Palomera y Buenache, llegando hasta Tierra Muerta, era su lugar de esparcimiento y pastoreo con el rebaño de ovejos.

Siempre que se aproximaban a la fuente, su fiel perro carea, una auténtica bola de pelo blanco marfil y rizado como la espuma de los arroyos, que se podría haber llamado perfectamente Nube o Algodón, comenzaba a ladrar. Sus ladridos avisaban de la cercanía de Fuente Albilla, y todo era así, excepto el nombre del perro, que no era Nube ni Algodón, sino Botijo – Boti- para Zacarías alias “Siglo”.

Boti ladra, y ya se avista esa magnífica obra de “gamellonismo” fluvial que con tanto arte se produce en la Serranía de Cuenca. También se observan desde allí los bordes del Valle del Cambrón, donde las aguas en inviernos y primaveras se descolgaban en sendas cascadas que a Zacarías le gustaba observar desde arriba.



                                  Una de las cascadas que se forman en el inicio del valle.


                                                                     La segunda cascada.

                                                 

 Deja al rebaño bebiendo en los diferentes gamellones o tornajos de la Fuente Albilla que se diseminan por toda la ladera en una perfecta estructura geométrica, todo para aprovechar el buen caudal que siempre atesora esa fuente, llegando el último gamellón puesto casi vertical para que echara las aguas en alegre corriente al cauce rocoso del arroyo del Cambrón, metros antes del primer salto de agua.



                      Fuente Albilla hoy en día, con mucho menos caudal que antaño.

                   Restos de sus gamellones en un circuito bajando la ladera en zig-zag.

                    Gamellón puesto casi vertical que desagua en el cauce del arroyo.



Suele subirse a la parte alta de la ladera, encima de la fuente, a ver los saltos de agua desde arriba y ver como se convierte el pequeño barranco del arroyo del Cambrón en un magnífico valle, donde al fondo se intuye el Convento Carmelitano del Cambrón, reinando en mitad de este feraz y bello paraje.

-         - ¡Maldito lugar! masculla Zacarías entre dientes.

No es que sea Zacarías un hombre que le guste torturarse con recuerdos malévolos y odiosos, ni que necesite hacer catarsis de muchas de sus vivencias. Su vida hoy en día, año del Señor 1960, la misma edad clavada que tiene el siglo, transcurre con mucha tranquilidad, y eso él lo agradece. No llegó a combatir en la Guerra por poco (aunque trato con los maquis) pero si tuvo otro tipo de guerra, que, aunque no tan mortífera y letal, si la recuerda como una etapa de su vida -12 largos años- muy dura y con mucho peligro y privaciones. Es su época de ganchero, desde los 14 años hasta los 26 años, donde bajo troncos en prácticamente todos los ríos de la Serranía, los que iban para Aranjuez y Madrid – Tajo, Guadiela, Cuervo y Escabas - como los que iban para Cullera y Valencia -Turia, Júcar y Cabriel –


                                                      Laterales del Valle del Cambrón.


                                   Otra vista con el Monasterio en el centro del valle.

                                             Aspecto del Convento hace unos pocos años.

                                               Actual puerta de entrada al Valle del Cambrón.



Años después, aunque recuerda esa época muy severa y precaria, penosa a más no poder, no la tiene como nefasta, sino como de aprendizaje y supervivencia, también de mucho compañerismo. Es lo que tiene, en edades tan tempranas, ver morir ahogada a bastante gente metida en el mismo ajo que se encontraba él, incluso sucederle, cuando estuvo a punto de morir aprisionando por un tronco contra la roca en el temible paso de Los Toriles del río Guadiela. Fue su empeño y mucho de azar milagroso lo que hizo que se desencajara el tronco y pudiera salir a flote, no sin antes haberse bebido medio río por la boca. ¡Jodido Guadiela!

En cambio, lo que le sucedió en el año 1928, dos años después de terminar con su oficio de ganchero y tres años antes de la instauración de la República, sí lo tiene como un recuerdo perverso en su haber, que no le importaría que se le borrase, aunque él sabe que aquellos hechos le acompañaran de por vida, y más aún, cuando el Valle del Cambrón está tan cerca de sus rutas habituales de pastoreo.

Su mente viaja fugazmente a finales del otoño de aquel año. Hacía dos que abandonó la sufrida vida de ganchero y se vino a vivir con su familia materna a Cuenca. Su infancia había transcurrido, sobre todo, en la Vega del Codorno, aunque también en Cuenca, y durante los años de ganchero, en las épocas que no se trabajaba –veranos y principios del otoño- vivió en diferentes lugares sin estar en un sitio más de uno o dos meses como mucho.

Llevaba ya dos años viviendo en la capital, y reconoce que, después del infierno fluvial de las maderadas, la vida allí le sonreía de grata manera. Era un mozo ya adulto y apuesto de muy buen ver. Su tía Nuncia se había empeñado que aprendiera a leer y escribir, cosa que no le costó apenas, siempre con la ayuda de Ezequiel, un maestro particular del pueblo manchego de San Clemente, que disfrutaba enseñando las tareas a Zacarías, no tanto como luego en el bar donde dilapidaba el sueldo de maestro que le daba la Nuncia, entre licores y naipes, y alguna visita que otra a la Casa de Lenocinio.

Su jornada en Cuenca se repartía entre ayudar a su tío Pantaleón en la carpintería de la calle Los Tintes, y, subiendo al cercano pueblo de Buenache de la Sierra, de donde era su difunta abuela materna Casimira, para ayudar a su abuelo Catón, otro personaje peculiar donde los haya, con el rebaño de ovejas que tenía. Ya se había curtido con el ganado ovino y caprino, siendo un mozalbete en los montes de la Vega del Codorno y aledaños, siempre bajo la batuta de su padre, Nicasio Cardo, hasta que este murió en un desgraciado accidente al derrumbársele encima el muro de una casa del pueblo que estaban reformando, dejando al chaval, con 13 años huérfano y desamparado; triste asunto que hizo que viniera su tío Vicente Cardo, que vivía desde hace un par de años en Priego, para llevárselo a trabajar de ganchero en las maderadas.


                            Zacarías con su primo Hilario en una foto de fecha indeterminada.



Ganchero, pastor, carpintero, sabiendo leer y escribir. Quien no diría que Zacarías era un buen partido ¡qué digo! Todo un partidazo, aunque en el fondo, era de natural solitario, algo duro de oído y nada amigo de las muchedumbres ni cotilleos sociales, con algunas excepciones, siempre en torno a una botella de resolí o de aguardiente de La Frontera y la conversación distendida y jocosa de dos o tres amigos de los de verdad.

Su experiencia de ganchero le había otorgado un aplomo y una experiencia que se apreciaba en su curtido rostro, aun siendo un avanzado veinteañero. Eso fue lo que tuvo que ver aquella mujer, más bien una jovencita unos pocos años menos que él, cuando entabló conversación primero, y relación después, según Zacarías, cordial y correcta, según la otra parte, nada cordial, interesada y dañina.

Le cuesta acordarse cómo fue el momento en que hablaron por primera vez; fue en la calle Carretería, o quizás fue en el Boulevard de Calderón de la Barca. Algo se le cayó a ella, y él, estando cerca, fue presto a recogérselo y ahí empezó todo. Se ve que aprender a leer y escribir llevaba aparejado aprender galantería, mostrar modales y filtrear con educación. ¡Maldita la hora!


Carretería a principios del siglo XX.


Si hubiera ocurrido en su época de ganchero, en esos periodos veraniegos de descanso, cuando bajaban de la sierra, aún malhumorados y hoscos, llenos de magulladuras y de meses de vivir a intemperie, seguro que no se hubiera mostrado tan solícito y cortés, yendo como iban directos como verracos a los servicios de las prostitutas de Cuenca, Priego, Beteta, Cañete, Landete o cualquier otro núcleo de población, susceptible de albergar uno o varios lupanares.

No es que Zacarías fuera un hacha en el sondeo psicológico de las personas, pero en ningún momento notó nada raro en ella. Una joven soltera, de rasgos armoniosos y una cierta belleza enigmática, originaria del pueblo guadalajareño de Zaorejas, antaño dependiente de Cuenca, que había venido a ver y ayudar a su tío, que tenía unas huertas en la vega del río Moscas, cerca de la Casa de la Mota. Todo ello normal y corriente, pero claro, todo ello según ella.

Eso fue lo que le contó a Zacarías, y quien es él para dudar del juicio de una jovencita en el año 1928 que pasea por las calles más vistosas de la ciudad extramuros. Quién le iba a decir, que aquella moza no regía bien de la azotea. Pero no hablamos de una locura de esas que salta a la vista, con unos hablares, ademanes y costumbres evidentemente anormales, entrando en el terreno de la excentricidad y la enajenación, sino de algo más profundo y oculto, un trastorno de personalidad escondido bajo una personalidad inteligente y calculadora y una pátina de modales corteses y coquetos. ¡En mala hora fue a dar con ella el bueno y amable de Zacarías!

La señorita en cuestión, llamada Marcela, se dejó cortejar, mostrándose muy abierta y solícita con él, quizás demasiado, pero eso lo pensó Zacarías tiempo después, con el devenir de los sucesos ya acaecidos. Le pareció extraño en aquellos momentos varios asuntos, como que, daba la casualidad que ese tío hortelano suyo no se encontraba en Cuenca en el mes entero que estuvo Zacarías tratándola. Ella se encontraba hospedada en una fonda de la calle de La Moneda, y cuando iba por la ciudad, lo hacía como escondiéndose y rehuyendo el contacto social con otras gentes. El pecunio para pagar el lecho y los alimentos no le faltaban, por gracia de ese presunto tío, que le adelantó dicho dinero, según siempre la versión femenina.

El climax de los hechos se acerca, resaltando primeramente esa vez que ella le invitó a entrar en su habitación de la Fonda. No miente Zacarías sí reconoce que en ese mismo momento albergaba pensamientos impuros, pero ¡qué demonios! los pensamientos impuros nos son delito y todos los albergamos en muchos momentos de nuestras vidas. Le llega ahora, nítida y diáfana, a la memoria el rostro de ella, entre lujuriosa y maquiavélica, pero se puede decir que ese indicio –otro más- es el que menos captó y presintió, tal y como estaba el bueno de Zacarías, pensando en ese instante, más que, con la cabeza o el corazón, con los órganos genitales. Se iba pareciendo en ese momento más a ese mozo que bajaba años atrás de las maderadas, asalvajado y embrutecido, dispuesto a desfogar y despilfarrar sin orden ni mesura.

Aquello acabó como el rosario de la aurora, ya que, cuando estaban en la habitación a los pies de la cama, abrazados, desvistiéndose los dos, ella, sin venir a cuento, comenzó a gritar como una loca poseída. Zacarías, con la verga enhiesta que parecía un pino negral de los que bajaba por el río Júcar años atrás, no daba crédito a lo que estaba viendo y oyendo. La mujer no paraba de gritar y de patalear, tirando la palangana al suelo, y montando una buena escandalera.

El asunto estaba claro, había que largarse de allí lo más rápido posible, como quien ha visto al diablo. Se subió los pantalones, se puso la camisa y las botas y salió trastabillando sin mirar atrás a esa mujer fuera de sí, sin sentido ni explicación alguna. Bajó las huecas escaleras medio asustado y, cruzándose con dos tipos en la puerta que miraban expectantes, se perdió por la estrecha y torcida calle de la Moneda en dirección a la Puerta de Valencia, aprovechando que ya estaba cayendo la fría noche sobre las callejuelas conquenses.




Aunque le costó conciliar el sueño aquella noche, Zacarías habría olvidado rápidamente ese suceso a no ser que por lo que ocurrió dos días después, cuando llamaron a la puerta de su casa en la Plaza de San Nicolás, un recoleto rincón, aunque muy deteriorado por las últimas lluvias acaecidas, que hay paralelo a la calle de San Pedro, subiendo hacia el Barrio del Castillo desde la Plaza Mayor. El piso lo compartía con su primo Matías, pero hacía ya unos meses que su primo se había ido a Valencia, para a estudiar confección y corte, y allí se había quedado él solo para un piso bastante grande, cosa que no le importaba.


                                                       Plaza de San Nicolás hoy en día.

Brillaba la suerte por su presencia, pues el piso era de su tía Nuncia, a la que veremos aparecer más veces, por la gracia de Dios, siempre más como Ángel de la Guarda, que, como la hermana mayor de su madre, Celia Aguilar, muerta por desgracia al dar a luz a Zacarías.

Recuerda, como si fuera ayer, abrir la puerta ante la insistencia y premura de los golpes dados.

-          -¿Zacarías Cardo Aguilar?

-         - El mismo que viste y calza. ¿Qué ocurre, señores? Dijo Zacarías algo alarmado por la presencia de aquellos hombres.

Delante suyo, en el descansillo de la puerta, había un ceñudo Alguacil, tan grande como un armario, con una capa negra que le ocultaba las inmensas espaldas, y que, si quisiera pasar a la casa, debiera seguramente agacharse, y detrás de él, serios como perros de presa, y guardándole las espaldas, dos guardias civiles, donde resaltaban por su brillo, no los tricornios acharolados, sino sus negras pistolas reglamentarias colgando del cinto, avisando de su peligro, si uno se resistiera.

-         - Queda usted detenido por el ultraje, violencia y abuso contra la honra de la señorita Marcela Calvo Lozano. Quédese quieto, que los agentes le esposaran. ¿Hay alguien más en la casa?

-         - ¿Pero qué historia es esa? Están ustedes equivocaos. Ella se puso a gritar sin venir a cuento. Esa señorita está loca de atar. Yo no le hice ná.

-         - Yo que usted, cerraría la boca. Insultar encima a una novicia que va ser convertida en hermana religiosa no le va a traer más que desgracias. De hecho, es el Obispado quien le ha denunciado a usted. Vaya preparándose.

-         - ¡Me cago en el copón! ¡Me cago en mi maldita calavera! Esto no me puede estar pasando a mí.

Han transcurrido más de 30 años de aquello, pero, aun así, Zacarías se recuerda en estado de shock total cuando oyó lo de que esa chica era una novicia casi monja, mientras le bajaban por la escalera, zarandeándolo. Le montaron en un carromato tirado por caballos, y realmente no hizo mucho trayecto, ya que el calabozo más cercano no era el del Cuartelillo de la Guardia Civil, sino que cuando acaba la calle de San Pedro, pegado a la muralla de la ciudad, está la cárcel de Cuenca, desde tiempos de la ignominiosa Santa Inquisición, y allí fue donde le metieron con mucha brusquedad y sin ningún miramiento. Estaba claro que todos esos hombres, y se teme que gran parte de la sociedad conquense de esa época, ya le había condenado y acusado, encontrándole culpable. ¡Quién iba a dudar!

De un lado, la palabra de una hermana religiosa de la Congregación Carmelitana del Desierto de San Joaquín del Valle del Cambrón; de otro lado, un antiguo ganchero y putero reconocido, ora pastor, ora carpintero, ora arriero, que era también conocido por la alegría y desenfreno con que se refugiaba en el alcohol, cuando se juntaba con algunos amigos después de la jornada laboral.

Aquí se puede considerar que empieza verdaderamente el calvario de Zacarías, pues se pasó en el calabozo de la cárcel, dos largos y gélidos meses, en que apenas vio la luz, la comida era escasa y vomitiva, y para colmo, enfermó como consecuencia de todo ello, y no le pusieron ni médico ni cura. Fue el cuerpo suyo, tras mucho penar y sufrir, el que al final se recuperó, gracias, sin duda alguna, al vigor y a la juventud. A todo ello, tenía que soportar las chanzas de los guardias carceleros que le llamaban el violador de la monja, comentándole que era la comidilla de toda la ciudad, y que, si esto ocurriera unos siglos antes, ya estaba camino del cadalso para regocijo de toda la ciudad.

Estaba claro que todo el poder y peso de la Iglesia se había cernido sobre él, sin darle, por ahora, posibilidad de defenderse. Fue al cabo del 2º mes, cuando le dejaron ver a sus familiares, y al poco, por mediación de su tía Nuncia, salió libre. No hubo juicio ni nada parecido. Solo una tímida disculpa por parte, ya no del Obispo, sino del Canónigo del Cabildo de la Catedral, en que se justificaban por un error de apreciación, sin dar más explicaciones. Zacarías fue a ver a su tía Nuncia que tenía la peculiar costumbre de los fines de semana no vivir en su casa, sino hospedarse en el afamado Hotel Iberia, quien le aconsejó que disfrutara de su libertad, olvidará el infortunado suceso y que mirara para adelante.



                                      Cárcel de Cuenca, hoy en día Archivo Provincial.


Pero Zacarías, cabezorro como él solo, quería saber, y así se lo insistió tercamente a su tía, quien terminó por contarle que fue ella, ante la denuncia de la Iglesia y la poca transparencia que veía en el extraño caso de su sobrino, la que tuvo que ir a ver a un amigo, uno de los hijos del cacique conquense Juan Correcher, personaje que en Cuenca lo había sido todo, para que intercediera y que la Iglesia explicará el suceso. A su vez, la tía Nuncia también se puso en contacto con los descendientes de los Marqueses de Ariza, los que, aun sin ser los dueños de facto del Yermo Carmelitano del Cambrón, si tenían reservado el Patronato, y con ello, se entiende que cierta influencia sobre el Obispado.

Resulta que el Convento religioso del Desierto de San Joaquín del Valle de Cambrón se sabe que acogía, como novicias aspirantes a monjas, a chicas que en sus vidas anteriores y en sus pueblos habían sido problemáticas y díscolas. Eso fue un primer argumento sólido para pedirle explicaciones a la Iglesia de quién era esa mujer y qué hacía en Cuenca, tan alejada del Cambrón, que se había visto ultrajada y mancillada por un paisano de Cuenca, en este caso, el sobrino de Nuncia Aguilar, mujer de armas tomar y con cierta influencia en las esferas de influencia de los salones provincianos.

De Nuncia se llegó a comentar que en su juventud fue muy amiga, teniéndonos que imaginar si la amistad llegó al roce o al simple cariño y afecto, de Juan Correcher y Pardo, el gran cacique conquense del siglo XIX. Y digo en vano conquense, pues aquí se expandieron sus negocios y aspiraciones. Nacer vino a hacerlo en Cofrentes (Valencia), ganchero dudoso en su juventud, poco después alcalde de Cofrentes, y, gracias a cierto patrimonio de su familia burguesa, fue convirtiéndose en un acaudalado magnate que se dedicó a comprar tierras de pinares por la provincia de Cuenca, hasta convertirse en un célebre industrial maderero. Su carrera meteórica llegó a culminar con ser diputado en el Congreso por circunscripciones de Cuenca. Falleció en 1918, y ya nos podemos imaginar donde forjó Nuncia su red de influencias, incluso parte de su patrimonio. Se rumorean muchas cosas, pero al día de hoy, no hay duda que Nuncia Aguilar es una mujer de inteligencia viperina y con la que hay que andarse con cuidado.



                                          Foto real de Juan Correcher y Pardo.



La iglesia quiso tapar toda esta historia con premura y silencio, pero Zacarías y su tía, con la mediación de un hijo de Juan Correcher, algo llegaron a descubrir de qué esta novicia, aprovechando la nocturnidad de la hora de maitines, se había escapado del Convento, llevándose dinero de la congregación, y saltándose a la torera todas las normas de Dios, tanto el Cielo como en la Tierra. Desde un primer momento, las pesquisas de la Iglesia se dirigieron hacia Zaorejas, de donde era oriunda esta mujer, y a Siguenza, donde vivían familiares suyos. De ahí, que pudiera explayarse durante un mes entero la problemática novicia por las calles de Cuenca sin que se le encontrase la pista.

Parece ser que los gerifaltes con sotana pensaron que, antes de reconocer ese escándalo, podían camuflarlo con la supuesta violación por parte de Zacarías, aprovechando el casual y desafortunado espectáculo que montó la lunática novicia en la fonda de la calle de La Moneda, aprovechando su estancia en la capital para unos recados de recogida de telas que le había encargado el Prior del Convento del Cambrón. Algo muy cogido con pinzas y, con que, se indagara un poco el asunto, se le encontrarían las costuras al amañado argumento dado por el Obispado, pese a que había testigos que habían visto a Zacarías salir corriendo de la habitación de la mujer, como dando al impresión de haber cometido un délito.

Da gracias a que estaba la tía Nuncia. Quizás años atrás a Zacarías no le habría salvado ni el sagrado, pero en estos agitados días que corren con aromas pre republicanos, la Iglesia ya no es lo que era. ¡Y menos mal!

Después de aquello, y aunque la ciudad rápidamente olvidó el episodio, Zacarías se volvió más introvertido y malhumorado, cosa que fue en aumento hasta que decidió irse a vivir a Buenache, y ayudar definitivamente al abuelo Catón con las ovejas, y cuando este se retirara o muriera, que frisaba ya los 96 años, coger él las riendas del rebaño. No es que dejara de bajar a Cuenca, ya que, aparte que se sentía muy de la ciudad, distaba las dos localidades unos 14 kilómetros en línea recta, teniendo además la familia tan cercana, pero sí necesitaba desengancharse de las relaciones sociales y buscar la preciada soledad en el pueblo, que conseguiría, sin duda alguna, con el oficio que había elegido.

Todos estos recuerdos y pensamientos se arremolinaban en la cabeza de Zacarías, mientras miraba con cierto desdén el valle del Cambrón al fondo, donde, con su, todavía, prodigiosa vista, veía también la Peña del Aljibe. Pasaron los años, y de entre todos los recuerdos de Zacarías en sus 60 años de vida, que abarcan desde momentos peliagudos como sucedió durante los años de la Guerra o su etapa de ganchero, sin duda alguna, el suceso de la novicia del Cambrón es el que peor llevaba en su sesera.

Poco años después de irse a vivir a Buenache, oyó un rumor que decía que esa persona, ya convertida en monja, apareció ahogada en la poza del Arroyo del Cambrón, aunque la Iglesia nunca comentó nada. Como siempre, un opaco manto de silencio y de mirar a otro lado. La Iglesia se volvía a topar contra ella misma.

      Buenache de la Sierra, pueblo de la abuela de Zacarías, y al que se retiró a vivir de pastor.


                                                                    Arroyo del Cambrón.

                                                                 Poza del Cambrón.

                                                              La misma poza nevada.


Comencé esta historia hablando de la sed de Zacarías y su rebaño, y, aunque él no era mucho de agua, solía mojarse la boca, humedeciendo sus agrietados labios, y bebía a base de pequeños sorbos, guardándose los tragos largos para un rato después, en el que se dirigía a la cercana Cueva del Tornero, una curiosa cavidad, que entras por un lado y sales por otro, con dos agujeros enormes en el techo y que le sirve de aprisco para el ganado, mientras guarda allí en una fresquera otra botella de Licor Benedictine.

-        -  ¡Maldito lugar, carajo! Vuelve a mascullar Zacarías entre dientes y comenta, dirigiéndose a su perro, que se mantiene al lado suyo, como expectante de qué es lo próximo que va a hacer su dueño.

-          -¡Vámonos al fresco de la cueva, Botijo! Me voy a acabar la botella en un visto y no visto. ¡Chorra, qué sed me dan los malos recuerdos!

                                    

                                                                            FIN.

 


 NOTA HISTÓRICA ACLARATORIA IMPRESCIDIBLE.


En los anteriores escritos sobre Zacarías es donde mencioné el suceso con una monja del Convento del Cambrón. En este texto que habéis leído, donde he dado forma en mi cabeza a dicho suceso, es cuando me he tenido que informar sobra la exigua historia de este Desierto de la Orden de Carmelo, ubicado en el término de Valdecabras, Serranía de Cuenca.

Y lo 1º que tengo que remarcar que mi historia, aparte de pura ficción, es completamente FALAZ e INEXACTA con los datos históricos. No es que haya más o menos rigor histórico, sino que no lo hay, es decir, tergiverso absolutamente la Historia.

En mi descargo, decir que cuando escribí el texto desconocía todo. La inconsciencia del ignorante. Di por hecho la existencia de la Congregación religiosa del Cambrón en las fechas del suceso de Zacarías (año 1928). Una vez escrito y descubierto mi error, aunque se me pasó por la cabeza borrar todo, o rehacerlo cambiando fechas, he decidido mantenerlo tal como lo ideé y escribí, aclarando esos inmensos errores.

El primero de ellos nos dice que esta historia NO pudo nunca ocurrir por dos razones principalmente. El Desierto Carmelitano de San Joaquín (del Cambrón) se fundó en 1732 y estuvo en funcionamiento hasta 1835. Mi historia trascurre 93 años después de que se extinguiera, desamortizaciones mediante, dicha congregación eclesiástica. Sus hermanos ermitaños se fueran a otros monasterios, los efectos del convento se repartieron entre las iglesias de la comarca, y dicho convento y la Heredad fue vendida en 1843 a un tal Vicente Vizcaino. Hoy en día, sigue siendo de carácter privado.

El 2º dato es que este Desierto Carmelitano NUNCA llegó acoger monjas ni novicias. Fue una congregación masculina, y a dicho Yermo no podían llegar miembros de vida tibia y disoluta para cumplir penas y castigos.

Es posible que existan más errores en el texto. Si es así, les rogaría que me lo digan para que los corrija.

Por eso, debo pedirles disculpas y espero que la revelación de estos datos no haya influido en la lectura de mi nuevo escrito sobre Zacarías, este personaje sacado totalmente de mi invención.

Espero, por tanto, que les haya gustado.    

 

 TONI VIRTUDES SEGARRA –Mayo/2021-



BREVE HISTORIA DE LOS DESIERTOS CARMELITANOS.

                           Carmelitas descalzos en la actualidad. Foto cogida de internet.


La Contrarreforma católica pretendió desde el pontificado del Papa Pío IV en 1560 evitar el avance de las doctrinas protestantes con diversas medidas renovadoras. En este contexto se enmarca la aparición de los Santos Desiertos (entendiendo desiertos como lugares despoblados idóneos para el retiro, y no como lugares desprovistos de vegetación). Su origen hay que buscarlo en los ermitaños que vivieron en el siglo XII en el Monte Carmelo (Jerusalen) .

En España surgieron como complejos monásticos a partir de la Reforma de Carmelo promovida por Santa Teresa de Jesús para volver a la austeridad, la pobreza y la clausura que se consideraba el verdadero espíritu carmelitano. Los primeros que se fundaron fueron los de las Batuecas (Salamanca), Bolarque (Guadalajara) y el Burgo (Málaga), aunque uno de los más conocidos es el del Desierto de las Palmas en Benicassim (Castellón). Solían ser pequeños, acogiendo entre 15 o 20 religiosos.


                                 Antigua postal del Convento del Desert de les Palmes.

                           Restos actuales de una de las ermitas del monasterio.

                                                        Fraile carmelita descalzo en acción.

        Sus desiertos eran lugares escogidos y apartados para tener contacto con la naturaleza.


                                              Necrológica de un fraile carmelita descalzo.

El Monasterio del Desierto de las palmas, como se puede ver en esta dirección: https://www.desiertodelaspalmas.com/Centro.php, sigue funcionando al día de hoy, siendo en 1694 cuando se empezó a construir el primer edificio en este paraje singular del pueblo de Benicassim.

Esto ha sido todo.

                                                           ¡¡Hasta la próxima!!