CAOS SENDERISTA EN SALVACAÑETE -ALTO ARAMBIO, PICO VALDELACASA Y CERRO DEL ATALAYA-


¡Odo, odo! Algunos os diréis que ya empieza este con sus historietas en el monte. 

El monte del pueblo de Salvacañete hace un poco de límite entre lo que se puede considerar entre Serranía alta y Serranía baja, siendo todo su lado norte y este, frontera con Teruel y con el Rincón de Ademuz (Valencia). Lo he andado bastantes veces; mi preferida es su parte norte, a lo largo de la carretera que sube al Cañigral y el Vallecillo (Teruel) La otra zona que me encanta es su parte este, donde está el precioso paraje del Verdinal (hermoso y certero topónimo) que, como llevaba tiempo sin ir y quería ver unas cositas que me faltaban, fue una de las rutas que quise hacer.

Lo que no conocía todavía es su parte sur, donde unos montes se ven destacar detrás del pueblo, siendo el Alto Arambio y el Pico Valdelacasa, unas montañas desconocidas para mí y donde fui con Maru para hacer una ruta que, por ciertos motivos que os contaré, quedo inconclusa, llegando solo al Alto Arambio y aguardando Valdelacasa pendiente, para otra ocasión que también veréis en esta entrada.

De las tres rutas que os comentaré en esta entrada solo pude hacer entera, en esa otra ocasión, la subida al Pico Valdelacasa y a la Atalaya, montaña la 1ª que no está en monte de Salvacañete por poco, sino en el de Alcalá de la Vega. Al final, Valdelacasa (1563 metros) no me llenó apenas al ser una loma con mucho pino y poca vista. De hecho, el único interés es que el vértice geodésico está allí, pero, en el caso de triscar por allí, recomiendo visitar antes el extremo sur de ese cordal montañero donde los 1594 del Cerro del Atalaya nos proporcionaran vistas más interesantes. Este último cerro está en el monte del pueblo de Algarra, por lo que esa ruta campa por los montes de tres pueblos.

 


Todo empezó cuando Maru y yo comenzamos desde el pueblo para subir el monte Arambio. El día no era muy bueno, cielo gris, plomizo y en altura se adivinaba niebla, que uno siempre guarda la esperanza que con el avanzar de la mañana la niebla se levante o al menos se disipe en parte. Con esas empezamos a andar, apareciendo rápidamente muchos ladridos de perro, cruzando cerca de una rehala de cazadores que no pararon de ladrar.

Por si no lo saben, a Maru los perros sueltos y sus ladridos siempre le han puesto muy nerviosa, pero de un tiempo a esta parte ha ido desarrollando un pánico a los perros en el monte que se nos ha ido de las manos. La proliferación de mastines en los últimos años por todo tipo de sierras y de ganados, sea cual sea el tipo, tiene un poco la culpa. Ahora ha estado en tratamiento y está en camino de curarse de ello, ya que hemos tenido que recurrir a ayuda profesional. Todo esto dicho, porque después de llegar al Arambio, con el pretexto de que había bastante niebla, abortamos la ruta y nos volvimos al pueblo. No podía quitarse de la cabeza la imagen de los perros y sus ladridos y yo notaba que no iba disfrutando, sino todo lo contrario.

Al llegar al pueblo se quedó esperándome en la furgo, mientras yo, como brioso chiquillo impaciente, me subí a unas crestas rocosas que caen al lado del pueblo para desfogar la energía rebosante después del pedazo de desayuno que nos habíamos apretado en la furgoneta. Verán fotos de esa bonita cresta rocosa.


               Aparcamos la furgo en Salvacañete, entre ladridos varios y comenzamos la ruta.


                      
            Antes de eso, nos habíamos apretado unas tostadas montañosas de salmón y aguacate. Desde que compramos salmón fresco y lo ahumamos nosotros, este superalimento ha entrado en nuestra dieta, aparte de más barato y seguramente más sano también que el envasado de toda la vida.


Estos muros están puestos en las ramblas que desembocan en el pueblo, para el caso de frenar grandes avenidas de agua.  Maru mira a dónde tenemos que llegar.


             Pese a ir en subida toda esta 1ª parte el abrigo lo seguimos llevando puesto.


                     El pueblo se va quedando atrás, encaramado en su colina.


                             Técnicamente, ya estamos subiendo al Alto Arambio.

   La subida coincide más o menos con una carrera de montaña que celebran en Salvacañete.


Se nos presentan estampas preciosas del pueblo. Una probable teoría del peculiar nombre del pueblo viene de una disputa violenta por unas acusaciones de robo de la imagen de la Virgen, que hubo entre la villa valenciana de Castiel-Fabit y la villa conquense de Cañete ocurriendo en este lugar conocido por entonces como Fuentes Claras una batalla que ganaron los cañeteros, poniéndole el nombre de Salva Cañete.


                              Nosotros a lo nuestro, salvando el desnivel cuesta arriba.


     Esta especie de vía de saca de la madera nos viene muy bien para llegar a la parte alta.


                                        Que nos espera con la niebla bien asentada.


        Que nos limita cada vez más las vistas. Ahora debemos ir por lo más alto de esta loma.

                                       Hasta que vemos en lo alto la torreta forestal


                                    Alto Arambio (1509 metros). De las pocas torretas de la Serranía que me faltaban por llegar a ellas andando.


Porque vistas, creo que las tengo vistas todas desde las distancias de otros puntos. Aquí, dándole bien al zoom, la del Alto Arambio desde alguna montaña más sureña, como puede ser el Pico Ranera o alguna montaña de Santa Cruz de Moya, no recuerdo exactamente dónde estaba.

Una jodienda la niebla, pero por lo menos la ruta no tiene pérdida al ir por lo alto de este cordal rocoso.


                         Donde en alguna parte el lapiaz se encuentra más desarrollado.



La niebla es muy densa y Maru lleva ya rato que no está bien, por lo que toca perder metros y volvernos.


Al hacerlo nos sale esta bonita vista del final del valle del río Cabriel antes de salir a la Vega de Alcalá de la Vega.


                       Volvemos más pegados a este valle para ir admirando sus vistas.


  La ruta queda abortada y volvemos al pueblo. Mientras Maru descansará en la Furgoneta.....

                   Yo le he echado el ojo a esa montaña cresta que hay a orilla del pueblo.

                                    Comienzo a subir como una cabra montesa.


La vista trasera que saco del valle entre esta montaña cresta y el Alto Aramibo que es lo de la derecha es muy chula.



                       Al poco me salen ya las diferentes rocas que conforman este espinazo.


                                                         Ya estoy montado en ella.

                                           Ahora iré bajando por ella con cuidado.


                    Este buitre de alas verdes y patas azules no está catalogado todavía.


Este es final, después de la línea de pinos hay mucha inclinación que hace que lo suyo es acceder por los laterales, en plan trochemoche total. La palabra trochemoche, según la RAE, viene del argot leñador (trochar y desmochar) cuando cortaban árboles de manera indiscriminada. Hoy en día se designa a hacer las cosas a lo loco, sin ton ni son.


    En su acepción senderista, se utiliza en contextos de montaña, para quien va monte a través, sin senda alguna y de manera caótica. Vamos, lo que he hecho para ponerme debajo de estos cuchillos.


Toca bajar. Ahora ya si que he me he desfogado físicamente y elevado el Índice del Contador Cervecero..


Índice que se recomienda aplacar, recogiendo a Maru de la Furgo y yendo al bar del pueblo con vistas al valle.


La ruta que hice entera fue cuando me fui solo hasta la Dehesa del Cubillo, pueblo pedanía perteneciente a Alcalá de la Vega. Quería subir a la loma de Valdelacasa desde el monte de ese último pueblo. Sin querer mirar ningún track en wikiloc (en la Serranía de Cuenca, Alto Tajo y Sierra de Albarracín me gusta ir como he hecho siempre, mirando en el mapa in situ y trazando la ruta, como mucho, previamente en casa). 

Mi intención era subir y explorar un barranco que se ve interesante en el mapa, sin saber realmente si se podría subir por él. Esa incertidumbre me gusta. Que no se puede, pues se recula y se busca otra opción, que se puede, pues adelante. Al final este barranco, la Rambla del Romeruelo, fue lo que más me gustó. Eso y la llegada a al otro extremo, el Cerro de la Atalaya, que me brindó una preciosa vista del Valle del Santerón y, como no, de la montaña más montaña de esa comarca, el Talayón (1601 metros). Aún hubo un tercer punto que me gustó, y no fue la cima de Valdelacasa como ya dije antes, sino el viejo y húmedo encinar que hay a punto de volver al coche, en el final del Valle Rambla de la Tejería.



Comienzo dejando el Valle de la Tejería y busco el cauce de la Rambla del Romeruelo. Al principio hay una senda que lleva a una vieja tinada, pero luego hay que ir por el cauce seco, salvando algún corte como este por los pelos.

         Al rato de transitar, se van elevando las paredes y salen rincones tan chulos como este.


                                     Quejigos y Encinas tapizan este desconocido barranco.


                                                                   De allí abajo vengo.

En este punto, salvo este corte rocoso de la izquierda, dejando atrás la parte más chula de la Rambla del Romeruelo.

Tras un rato largo subiendo por la parte final de la rambla y luego por una loma, llego a Valdelacasa, donde subsiste alguna mancha de nieve congelada.


El vértice marca 1563 metros, pero entre el cielo plomizo y la carencia de vistas no lo vi de interés alguno. Pero veo que el otro lado del cordal, a unos dos km de distancia, tiene más altitud y allí voy.


                      El Cerro del Atalaya (1594 metros) cima más panorámica y más pelada .


                  Con vistas al Valle del Santerón, donde sobresalen abajo el Rento y la Ermita.

     Y por supuesto, encima del Rento, emerge un viejo conocido, el Talayón (1601 metros)

Junto con el Pico Ranera, y alguno más, de las montañas más interesantes de la Serranía Baja.

    Ahí tienen a Nacho en su vértice la 1ª ocasión que lo subimos. Fue la última montaña a la que ha subido mi madre. A partir de aquí, nos ha dicho que no la sacáramos más al campo para subir montañas. Entre el Penyagolosa y el Talayón la mujer tuvo bastante.


             Vista del Cerro del Atalaya (donde estaba antes) visto desde la bajada del Talayón.


Ahora, desde el Cerro del Atalaya, me tirare ladera abajo al rico trochemoche hacia el Valle de la Tejería.

   Final del valle de la Tejería con la Vega de Alcalá al fondo. La Rambla del Romeruelo estaría a la derecha.

      Llegando ya al fondo del valle, veo como se alza la ladera del otro lado, la Muela del Cubillo.


                                       Ya en la parte baja, veo a lo lejos estos árbolacos....

                                  Que por su grosor y los musgos pienso que son robles.


                          Pero su floresta verde perenne me indica que son Encinas.


          Empiezan a aparecer en bastante cantidad. ¿Cómo es posible que sobrevivieran a la tala por parte de la gente de los pueblos?

La madera de la encina ha sido muy apreciada; primero por su densidad que hace que arda más lentamente. La cantidad de hogares que habrá calentado a lo largo de los siglos.

                 
             Y luego también para construcción de herramientas, cubiertas de barcos, etc...

                 
En todo caso, todos estos ejemplares llevan allí muchos años, pues esto era parte de la abandonada y asalvajada Dehesa del Cubillo, que os enseñe hace unos pocos meses.


La ubicación de este valle de la Rambla de la Tejería hace que haya mucha humedad idónea para la existencia de esta vieja dehesa.

Ese día que hizo un frío de pelotas fue necesaria la paradiña en la chimenea del Hostal Cabañas de Carboneras del Guadazaón.



La 3ª ruta que intenté, esta vez también en solitario, en otra ocasión, es la volver al Verdinal y recorrer una pequeña faja que se hace a un lado y de allí ir al Cerro de Valluengo. Todo se me fue al traste tras llevar un par de km, ya que cuando iba a coger el carril que me acercaba al Verdinal, me topé con un cartel de montería desde las 8 de la mañana hasta las 19:00 de la tarde. Sin tiempo de lamentarse, mi cabeza rápidamente trabaja en una cercana ruta que me haga de plan B, que a la postre me encantó y que ya os contaré en otra ocasión.


Rehalas y monterías nos indican que en Salvacañete tienen tradición de cazar.



El estupendo plan B fue irme al cercano cañón del Río Cabriel, ponerme las pezuñas de cabra montesa y disfrutar de lo lindo transitando por ignotas fajas y ceñajos, pero eso ya os lo contaré en otra ocasión.



                                                     ¡Hasta la próxima!

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